4:30

Empezar a trabajar un sábado a las 4:30 de la mañana no es moco de pavo. Estar espléndidas a esa hora es imposible y aunque demos treinta vueltas tipo la mujer maravilla, seguimos con cara de asesinas seriales. Dicen que las desgracias compartidas se vuelven más livianas. Tener como amiga y compañera a Picky es un lujo faraónico. Culta, adicta a la lectura, divertida. Aunque entremos a trabajar con resaca y medio zombies Picky aparece con su sonrisa Kolynos como si estuviésemos por ir a un cocktail y fuesen las 7 de la tarde. Días atrás tuvimos una madrugada laboral tranquila. En un momento, en el cual no teníamos ningún pasajero delante, le dije: „ Picky, vos que leíste y lees tanto ¿Porqué y cuándo se privatizaron los recursos naturales? Picky -completamente consternada- me miró y simultáneamente miró el reloj. Me sugirió que no le hiciera preguntas de esa clase a esas horas y me ofreció traerme inmediatamente un café. Salió corriendo a buscarlo como si se tratara de un antídoto contra mi desquicio.
No sólo preguntas universales como la que le planteé a P. tipo ¿por qué existen las leyes? ¿por qué hay gente buena y gente mala? ¿gente fea y gente linda? También me acosan las más vulgares y cotidianas como: ¿Porqué cuando me pongo un pantalón blanco justo me indispongo y no llevo tampones en mi cartera? ¿Por qué me cruzo con mi jefe justo el día que salgo hecha una zaparrastrosa? ¿Por qué cuando uno decide salir a correr, llueve? ¿Por qué no hay comida para gato con gusto a ratón? Y lo más misterioso: ¿por qué hay gente a la que uno le pregunta algo por mensaje o whatsapp y no contesta? No sé si es tanto la curiosidad o mi asombro ante cosas, actitudes, fenómenos que no termino (y no terminaré) de entender.
Empiezo a sospechar que la pregunta POR QUÉ es una estafa: nos da millones de respuestas todas posibles y probables. Ninguna certera. Todas válidas. Asumo que las preguntas existenciales no son útiles ni inútiles, son inevitables. Quizá si encontráramos respuesta a todo, le quitaríamos el misterio a la vida. Hay cosas y situaciones que suceden y que son inexplicables. Aunque las religiones, los científicos, los psicólogos, los esotéricos se encaprichen en buscarle a todo un sentido y una respuesta, creo que la vida en sí es azarosa e impredecible. Está impregnada de suerte y de mala suerte como la ruleta. Será uno mismo el que decida seguir apostando o no.
Tal vez el secreto sea muy sencillo: eliminar la preposición POR y dejar sólo el QUÉ. ¿Qué quiero hacer? ¿Qué me gusta? ¿Qué puedo dar? ¿Qué posibilidades están a mi alcance? etc. Simplemente intentar saber QUÉ nos pasa como individuos sin buscarle tanto el por qué ni el para qué a la cosas. Sin ambiciones universales, sin pretender entender a los otros y al mundo de una sola vez. Mucho menos tratar de explicarlo. Para así poder encontrar autenticidad. Decía Aristóteles que la felicidad reside en el ejercicio de la actividad propia de cada ser. Algo que nos lleve a descubrir QUÉ queremos y no POR QUÉ o PARA QUÉ.
Mientras yo elucubraba esto de las preguntas, las pre-posiciones y Aristóteles apareció Picky. Como siempre, sonriente. Con un delicioso capuchino en la mano parecía una enfermera que le traía el remedio a su paciente. Luego de mi segundo sorbo de café ella me preguntó muy curiosa y de manera sarcástica si ya sabía porque los recursos naturales estaban en manos de algunos y de otros no. Miré el reloj. Eran las 4:57. Después de tomar el tercer trago le aclaré que no solo no tenía respuesta sino que además tenía otra pregunta. Sin darle tiempo a que gesticulara y bajando la voz le pregunté: ¿me podés decir QUÉ carajo estamos haciendo vos y yo? ¿Acá y a estas horas indecentes? Lacónicamente me contestó: „ ahora sí, la que necesita un café doble soy yo“.
A todos feliz domingo…

download.png

Anuncios

Hierbas ibicencas

La chica insistía con la pregunta: ¿eres belga?; miraba a su compañero y de nuevo preguntaba: ¿ha dicho que es belga? Su compañero le dijo que sí, a lo cual ella empezó en voz fuerte a difamar al pueblo belga diciendo: „qué son raros tío“ „qué ni franceses ni holandeses“ „qué ni el buen gusto ni la liberalidad“ „qué son feos y extraños“. El supuesto belga que estaba sentado a su lado no abría la boca: o no entendía español o estaba borracho o le importaba un bledo lo que ocurría, o las tres cosas juntas. El tipo ni se inmutaba ante las ofensas de esta española ruluda, petacona y poco agraciada.
Esa noche, en la barra de un bar de Ibiza, el público era variopinto. En una esquina un grupo de austríacos desentonaban canciones populares, en el medio, esta dupla de españoles hablando a los alaridos, pegado a ellos, el pobre belga perplejo. A unos metros yo, charlando con mi amigo, el dueño del bar. El belga empezó a balbucear algo en español. Contó que él había vivido en Barcelona a lo cual el español le dijo que esa ciudad era un bochorno, que comparar Madrid con Barcelona era como comparar a Dios con un gitano. (El belga en ningún momento había nombrado la palabra Madrid, pero el español aprovechó para descargar su bronca contra los catalanes.)En una esquina de la barra, estaba el gitano del barrio. Éste, a través de un bello canto acompañado de su guitarra flamenca acusó al madrileño de racista. A todo esto los austríacos fascinados (sin captar lo que estaba pasando) le pedían al barman que tradujera no sólo la canción del cíngaro sino el sainete que estaba pasando entre los españoles y el belga. Para acabar con la riña y no tener que traducir, el barman -un austríaco que vive en Ibiza hace 20 años- optó por invitar a todos con unos chupitos de hierbas ibicencas.
Dicen que los borrachos y los niños dicen la verdad. Como afirman los psicólogos, cualquier estado de embriaguez borra las inhibiciones y muestra sin filtro lo que se lleva en la cabeza y en el alma. El racismo es moneda corriente en todas partes, y ni siquiera con sobredosis de alcohol se supera.
En este caso, la madrileña (que no se sabía si estaba parada o acostada) arrebató contra el belga. El madrileño contra los gitanos y los catalanes y los austríacos murmurando que los países del sur son rústicos e irrespetuosos. Todos mostrando la hilacha, creyendo ser superiores o más listos que el resto.
Ibiza es un lugar cosmopolita, libre y tolerante, pero evidentemente el ser humano lleva su parte buena y mala a todas partes. La anécdota del bar no me sorprendió de ninguna manera.
Este verano llegaron dos pateras con refugiados a la isla, y hasta el más hippie alternativo pelilargo, tatuado y con piercings despotricaba contra ellos. Lo cual demuestra que somos todos liberales y tolerantes de la boca para afuera. Andamos siempre buscando las diferencias, los clichés, sin examinar por qué carajo se tiende a catalogar y juzgar a las personas por su origen, su idioma, su religión o tendencia política. Presumo que la mayoría de las personas que buscan temas para discutir deben de estar muy infelices con su vida. Si no, no se explica el frenesí con que muchos salen a hostigar y a ofender a otros por el solo hecho de ser o pensar distinto.
Mi amigo y dueño del bar me contó que en los doce años que lleva en este lugar, esas discusiones nunca pasaron a mayores. ¿Serán sus bebidas un aliciente para evitar altercados?
Al cabo de un rato, no sé si el belga era un masoquista empedernido o el licor ibicenco comenzaba ya a hacer efecto, la cuestión es que este hombre empezó a mirar con buenos ojos a la petacona. Le preguntó a su acompañante si él era el marido, a lo cual este le contestó de manera violenta, que NO. La ruluda -aún más agrandada ante la mirada del belga- le grito a su amigo: „qué no esh pa tanto Joshé“ „qué cualquiera que te eshcucha creerá que shoy la peshte“ „qué tío que eresh, como buen vashco hash moshtrado tu terquedad, qué eresh un Shan Fermín“. Entonces el gitano, guitarra en mano, comenzó a tararear en tono flamenco : „pueh io sabíaaaa dentrahaaaa que se tratahaaa dun etarraaahaa mal paridooo ! Ahí mismo, sin dudar un segundo mi amigo D. decidió abrir la tercera botella de hierbas ibicencas. Por las dudas…
A todos feliz Domingo!

0000057_hierbas-ibicencas-07-l-krauterlikor-familia-mari-mayans_550.png

Vicente

Cuando entré a la recepción, no había nadie. Eran las doce de la noche y nadie tenía anotada mi reserva. Este hostal tiene sólo 8 habitaciones y aparentemente nadie estaba a cargo de las entradas y las salidas de los huéspedes. Uno de los mozos del restaurante me dijo que pidiera lo que quisiera que la casa invitaba. Ahí esperando -sin saber si me darían alguna habitación- pude ver que en esa pequeña pensión colgaban cuadros originales de artistas españoles contemporáneos conocidos. Cosa llamativa para la sencillez y rusticidad de ese hostal. Sin perder la paciencia, salí a la terraza. Ví que en una mesa discutían una mujer (que estaba prácticamente en pelotas) con un filósofo español de estirpe. En la otra, un grupo poderoso de las discotecas (muy excitados pero bien vestidos) celebraban un cumpleaños; en otra, unos trabajadores de las salineras -aún en uniforme- festejando la llegada del fin de semana. Ese fue el momento en el que supe que este lugar era fuera de lo común. En ese momento, ahí mismo, empezaría mi romance con la isla de Ibiza.
A su dueño lo conocí esa misma noche, quince años atrás. Entablamos una relación inmediata. Como si fuésemos almas gemelas. Días más tarde y sin dar muchas vueltas este hombre -que por aquel entonces llevaba casi 50 años al frente del hostal y restaurant- me confesaría anécdotas, historias, leyendas ocurridas en la isla y en su propio hostal. Pensé que era parte de su carácter entregarse a las charlas profundas con sus clientes. Más tarde me enteré de que todo lo que me había contado eran hechos de los cuales ni su familia ni sus más íntimos estaban al tanto.
En 1963 había decidido abrir un pequeño hostal- restaurant , directamente sobre la playa. El sur de la isla era por aquel entonces un páramo sin infraestructura y de playas vírgenes. Al principio fue una estación de paso para la mayoría de los turistas ingleses y alemanes. Más tarde este hostal se convertiría en un ícono de la isla. Un lugar al que se llegaría solamente a través de amigos. Por aquí pasaron músicos de rock de renombre, directores de cine famosos, filósofos, aristócratas, y gente común y corriente como yo. El secreto de la magia de este lugar, no son solo sus famosas paellas y exquisiteces culinarias sino el espíritu de su anfitrión. El espíritu de Vicente. Un hombre menudo, de mirada profunda y honesta, manos fuertes y siempre de buen humor. Hijo de salineros, autóctono de la isla, su personalidad y su forma de vida nunca fueron acordes a las reglas de la sociedad. Ha logrado (como un artista) crear un lugar donde cada uno pueda simplemente ser. Aquí se mezcla gente de todo tipo de origen y nacionalidad.
Es imposible pensar en Vicente sin sus perros. Lo acompañan a todos lados. Vicente saca de la palabra servicio su mejor cualidad. Él sirve y atiende a todos y a todo lo que esté a su alcance: clientes, huéspedes, familia, amigos, al cartero, al vecino, a los gatos, a las plantas, etc. A los vendedores africanos de la playa les dá de comer, y si es necesario los esconde de la guardia civil. Porque para Vicente no existe el concepto de la legalidad. Es un filántropo por naturaleza.
Vicente ha visto en carne propia el cambio esencial de la isla. De ser una pequeña aldea de campesinos, pasando por la época hippie y el LSD hasta convertirse en el centro de diversión, dispersión y decadencia de una Europa enajenada. Él nunca se sumó a las modas o tendencias. Siguió fiel a su estilo autóctono, liberal: lo que convirtió a este pequeño lugar (aislado de tanto chunga chunga de la isla) en refugio y poesía.
Con Vicente se termina una era de bohemia culta, divertida, atrevida, ecléctica. Con Vicente se cierra un punto mágico en este mundo sórdido y absurdo. A sus 75 años ha decidido levantar anclas. Ha llegado la hora de despedirse. Sabemos que todo ser humano es irrepetible. Vicente es además irremplazable. En esto coincidimos todos los que lo conocen. ¿Será entonces la inmortalidad la memoria que dejemos en los amigos? Jubilarse viene de júbilo. Es decir alegría. Por eso hoy desde Ibiza y por ser su último año, quiero simplemente agradecer estos años en los fui parte de la tribu del Mar y Sal. De la alegría, de las charlas y los tragos infinitos que compartí junto a Vicente, su familia y sus amigos.
Sus más allegados me han propuesto que escriba un libro sobre su historia y la del hostal. Tarea nada fácil: no creo tener la capacidad de meterme en semejante empresa. Tampoco creo poder llevar al papel una vida tan intensa, tan llena de aventuras, de locuras, de anécdotas como las de la vida de Vicente. (Vida que se asemeja más a una película que a la vida real). Quizás más adelante. No lo sé. Me quedará recordar su ejemplo: sí él ha logrado hacer de su imaginación una experiencia de vida, tal vez a mí me quedará la deuda de hacer de su vida una experiencia literaria.
A todos feliz domingo!

 

DJs

Si hubiese tenido la posibilidad de elegir a Frank Zappa para presidente, no lo habría dudado ni un minuto. Al fin de cuentas el presidente de Ucrania es un comediante y guionista; a Ronald Reagan también lo votaron. Lástima que este último no haya sabido diferenciar entre la realidad y una película de cowboys. Con Zappa creo que el mundo hubiese tomado una dirección más libre, más creativa y sobretodo más humana.
En los años que llevo visitando Ibiza, es la quinta o sexta vez que acepto una invitación a una fiesta electrónica. A pesar de saber que esta música no es la mía, debo confesar que ir a la zona VIP y tratándose de un DJ famoso, la tentación de ir al evento es muy grande.
La aparición del DJ en escena es una especie de ritual. Pareciera que se tratara de un dios bajado directamente del Olimpo. Ahí mismo entre las luces y el sonido de los parlantes, empiezan los gritos, los bailes y el éxtasis de los presentes. Ya tengo fama de aguafiestas .Teniendo el privilegio de estar sentada cómodamente en los sofás de cuero y lejos de la muchedumbre, mis amigos no comprenden mi terquedad de querer abandonar el lugar inmediatamente.
Será que ya estoy vieja o la dosis y la calidad de mis tragos son los equivocados, la cuestión es que a la media hora de entrar allí, quiero salir despavorida.
Esta vez, en cambio, me largué a la aventura. Decidí abandonar el VIP y mezclarme entre el gentío que seguía al DJ como si se tratara de un Gurú. A los codazos pude estar más cerca de la consola gigante del mismo, una especie de altar electrónico. Miré a mi alrededor y ví que todos -sin excepción- lo miraban y seguían obedientemente. Seguramente en estos tiempos de tanta confusión, este tipo de fiestas reemplacen los rituales que antes ofrecían las religiones. De golpe estábamos todos frente a una persona que nos marcaba el ritmo del momento. Parecía una ceremonia. Un culto moderno ofreciendo una suerte de evasión de la vida cotidiana. Pensé por unos instantes que si uno de estos DJ se presentara como presidente la mayoría lo votaría. Entre estar hipnotizado por la música o manipulado por la política, me quedo con el primero. Porque el arte, la música, el baile unen. Son momentos especiales donde uno comparte un espacio con el mismo fin y sin propósito alguno. Estos lugares son un punto de encuentro de todo tipo de personas y personajes: desde el desocupado, el empresario, el príncipe de Arabia Saudita, el jugador de fútbol del Real Madrid hasta mi encuentro casual con mi peluquera ibicenca. Pareciera que el divertirse o entretenerse fueran licencias que nos tomamos solamente cuando vamos de vacaciones, cuando bailamos cuando salimos del hastío diario. Por un instante, el mundo se vuelve vulnerable. Aunque sea una ilusión, las diferencias, las grietas y las separaciones que nuestra mente lleva adentro desaparecen. Ahí cada uno se reinventa su propio mundo.
Desde el rincón VIP mi grupete me observaba con cierto desconcierto. Ahí estaba yo -rodeada de trescientos pares de pupilas dilatadas y a punto de quedarme sin tímpano- intentando descifrar de qué se trataba todo eso. De golpe aproveché el momento en que las luces bajaron la intensidad y escurriéndome entre la multitud salí afuera a tomar aire. Lejos del bullicio me acordé de mis nietas. Pensé en un momento lo que les contaría en un futuro sobre esta época. También me acordé de la película Dumbo que habíamos visto juntas unos días atrás. Sí, sin lugar a dudas la vida es un circo. Quizás, al fin de cuentas, lo único que necesitemos no sea un presidente sino un buen director de circo. Un dirigente que sepa hacer malabarismos, acrobacias, que nos haga reír, que domine las fieras y sobretodo que sepa regalarnos magia, mucha mucha magia!
Feliz domingo para todos!

download-2.jpg

 

 

Drácula

Hace unos días fuimos con un grupo de amigos a la montaña. El programa era completo: alcanzar la cima, nadar en el lago y dormir en una cabaña. Luego de una caminata de 6 horas, llegamos finalmente a destino. Los más intrépidos saltaron al agua -con temperaturas heladas- yo en el borde contemplaba exhausta la maravillosa naturaleza. La sensación de pequeñez que uno siente ante la magnitud de las montañas es indescriptible. Mientras caía la noche y la temperatura bajaba fuimos de a poco entrando en la cabaña. Era una casita de madera que se usa solo en los meses de verano, desprovista de todo tipo de confort, rústica pero encantadora. Allí uno se siente como si regresara al pasado. Juntamos madera para cocinar en las cacerolas de cobre. Jugamos unas partidas de póker y terminamos tomando Zirbenschnaps (una especie de agua ardiente de pino) muy típica, muy rica, con mucho alcohol y aparentemente con propiedades medicinales. Antes de que oscureciera hicimos otro fuego fuera de la cabaña. El cielo parecía una fiesta de estrellas. Así, bastante cansados y muy alegres, cada uno fue de a poco yéndose a dormir.
En mitad de la noche mientras el resto dormía plácidamente, un mosquito comenzó a perforarme la oreja. El zumbido intermitente me despertó, y encima tenía que quedarme inmóvil para no despertar al resto de la manada. Éramos varios en ese diminuto cuarto y la verdad es que no sé por qué este insecto decidió encapricharse conmigo. Decidí intentar dejarlo posarse en mi mejilla para matarlo de un cachetazo pero sabía que podría despertar a los otros -que por el ruido del ronquido ya estaban en su quinto sueño. Por unos instantes y ante el silencio reinante en ese lugar soñado, pensé en Kung Fu. Me imaginé al maestro PO dándole lecciones de paciencia y tolerancia al pequeño Saltamontes, e intenté hacer de cuenta que ese diminuto insecto no existiera. Mi actitud de Shaolín superado duró unos treinta segundos. El mosquito alpino se había propuesto firmemente joderme la noche. En mi furia me pregunté cómo carajo hacen los mosquitos para llegar a semejante altura. Decidí pensar filosóficamente en el sentido de la existencia de los mosquitos, los piojos, las pulgas y las chinches, pero ni Sócrates ni Hegel ni Kant me respondieron. Entonces entendí el mensaje de Dalai Lama: „Si crees que eres demasiado pequeño para marcar una diferencia, intenta dormir con un mosquito“. Y qué verdad: en una cabaña sin luz eléctrica, a 2600 metros de altura, el único mosquito sobreviviente de la temporada de verano me tenía ahí atrapada y al borde del soponcio.
De golpe me acordé del poeta italiano Torquato Tasso. En uno de sus poemas, le expresa sus celos y envidia a un mosquito que termina muriendo en el lecho de su amante. Pensé por un momento que sólo un poeta y sólo un italiano le puede tener celos a un mosquito. Pero gracias a ese recuerdo, se me ocurrió otra táctica: seducir al insecto. Comencé a asomar lascivamente primero mis brazos y luego mis piernas por debajo de las sábanas. Sí, ahí estaba yo insinuándole a un mosquito desconocido que hiciera uso y abuso de mí, con la condición de que me dejara de romper la pelotas con su zumbido. Y hete aquí que ante tanto pensamiento absurdo y disparatado me quedé profundamente dormida.
A la mañana siguiente mis amigos -frescos como una lechuga- comentaron que hacía rato que no dormían tan bien, y que no había nada mejor que el aire de las montañas. La envidia me carcomía por dentro, y me limité a no abrir la boca. Al llegar a casa busqué en mis piernas y en mis brazos si había alguna picadura, pero no encontré nada. Finalmente, al mirarme al espejo, en mi cuello aparecieron las huellas del acoso de la noche anterior.
Sin duda, ese mosquito era un poeta y un romántico empedernido. Seguramente lo único que buscaba era sangre que tuviera algún resto de perfume francés pero sobretodo una buena dosis de agua ardiente. Así podría él ahogar sus penas y seguir aspirando (en su vida próxima) a reencarnarse en el Conde Drácula.
Feliz Domingo para todos…

 

images-2.jpg

La Y

Desde hace unas semanas, estoy queriendo contarles sobre una degustación de cerveza en la que estuve días atrás, sin embargo siempre termino con algún tema -aunque sea indirectamente- de política. Detesto la política y más a los políticos. Son títeres de un puñado de grandes poderes económicos y le dan el sí tanto al pueblo como a sus sponsors. Ya nombrar la palabra pueblo me irrita, porque no creo en la homogeneidad de intereses como tampoco en la homogeneidad de necesidades, pero esto es algo muy personal. Sé tanto de política como de las glándulas suprarrenales de los anfibios. No obstante no creo que uno deba saber de un tema para exponer sus puntos de vista, sus anhelos o sus repudios. A principios de mis 20, estuve junto al padre de mis hijos circunstancialmente ligada a la política. Recuerdo que, en las reuniones, cualquier tema (de educación, salud, vivienda y hasta de moda) terminaba en una exposición y posición ideológica, sumamente monótona, poco creativa y de bandos opuestos. O estabas del lado de estos o de aquellos. No había grises ni medias tintas. Esos argumentos políticos no solo carecían de libertad individual sino que también les faltaba cierta estética, sentimiento que yo adjudicaba a mi esnobismo. Debo admitir que aprendí muchísimo: de las lecturas marxistas, de Bakunin, de Habermas, de Foucault, de la toma del poder y de la dialéctica materialista. Esto abrió mi horizonte y me hizo replantearme muchas cosas que jamás hubiese tenido en cuenta. Pero la postura dogmática no cerraba en mi mundo emocional. Por ese entonces yo hacía esporádicamente desfiles.También participé en algún que otro programa de televisión y en revistas como modelo. El contraste de estos dos mundos me hacía sentir como sapo de otro pozo. Años más tarde noté que todo lo que aprendí -y sigo aprendiendo- sobre la arquitectura y el entramado del alma humana y su reflejo en la sociedad ha sido a través de mis lecturas puramente literarias y de filosofía clásica.
A pesar de haber dejado de leer diarios, de escuchar las noticias, y de interesarme -conscientemente- por la política actual, hoy por hoy el hecho de prender la computadora para ver los emails o mirar el Facebook, me trae a la vulgaridad de lo cotidiano. Es como si uno no pudiera esconderse de lo que pasa más allá del circuito interno y personal. Hago el esfuerzo por no crearme opiniones sobre opiniones ajenas, por abordar los temas con frialdad y distancia, pero es tanto lo que uno absorbe por ósmosis que es difícil despejar la mente de tanta (mala) información. Recién ayer me di cuenta de que en la columna de la semana pasada -al pequeño puñado de mis lectores- no les había deseado mi incondicional „Feliz Domingo“. Y todo por haber estado ofuscada, intentando hacer una „lectura de la realidad“.
Con el tema de la elecciones en Argentina me vuelve a invadir un estado de perplejidad absoluta. De nuevo el tema de los bandos opuestos, del „nosotros O los otros“. La conjunción „Y“ no existe en el vocabulario político. Creo que las posturas de bandos tienen un fondo moralista. Siento -en esa actitud- una falta de espiritualidad y benevolencia, que contribuiría a construir una sociedad más solidaria y tolerante. Hablamos de Argentina como si las décadas anteriores hubieran sido una maravilla, como si en pocos años hubiésemos pasado de ser Suecia a convertirnos en Congo. El problema de nuestro país viene de hace mucho tiempo. Quizá hayamos tirado mucho de la piola, de esa soga gastada, seca y maltratada. En los últimos 60 años los gobiernos no han invertido un centavo en nada. Colegios como el Nacional Buenos Aires o el C. Pellegrini no deberían ser la excepción sino el común denominador (para dar un ejemplo). Y aquí estoy de nuevo opinando como si alguien me hubiera preguntado algo al respecto. Presumo que por ser domingo esté yo hoy haciendo una suerte de mea culpa, de confesión sobre mis escritos. Hoy les doy mi palabra: en mi próxima columna no hablaré más de política. Será mucho más light: me limitaré a explicarles cómo funcionan, detalladamente, las glándulas suprarrenales de los anfibios. Esta vez sí, a todos, un muy Feliz Domingo…

download-2.jpg

Greta

Greta Thunberg es, seguramente, la reencarnación de alguna hada buena de los cuentos de los hermanos Grimm. Como la Gretel del cuento (que salva a su hermano), quiere salvar al mundo. Que volvamos al bosque, a una pradera verde con girasoles orgánicos y pinos verdes. Greta es el nuevo ícono de una sociedad sobresaturada de bienes, de consumo y con miedo al derrumbe. Es el nuevo mesías de la religión medioambiental. Greta ha despertado tanto una ola de admiradores como de enemigos conspirativos que ven en ella al caballito de batalla de los que se consideran políticamente correctos. Esta niña es firme en sus convicciones e intenta convencer a una masa de necios. Al ganado gordo, ocioso y decadente de este mundo sin timón.
A la causa medioambiental de Greta hay que agregarle algo sumamente importante que aún no se ha mencionado en esta revolución ecologista: el tema de la industria armamentista. Esa industria -multimillonaria y obscena- que nadie nombra. Ni Greta, ni Hansel ni Gretel. Ni Trump, ni Xi Jiping, ni Angela Merkel. Ni los políticos que aprovechan las patadas de Greta para distraernos del tema y para abanderarse con la causa climática como si nada tuviese que ver con lo que ocurre en nuestro planeta. (Con esto no quiero de ninguna manera minimizar el asunto del Plástico, Glifosato, Petróleo, CO2, etc).
¿Para qué se fabrican armas?¿Con qué fin? ¿Para defenderse de quién y porqué? ¿A qué le tenemos tanto miedo? ¿A que vengan a saquearnos a caballo y con lanza y se lleven el motín? ¿Qué motín y de quién?¿Dónde están todas esas armas sofisticadas cuando la selva del Amazonas está en llamas? y lo más significativo y quizá filosófico de la cuestión sería preguntarse: ¿Declararíamos la guerra si estuviésemos desprovistos de armas?
La producción armamentista maneja al mundo entero. Se fabrican en Europa y en muchos países más. La mundial sigue en manos de los dos gigantes Estados Unidos y Rusia, pero también Corea del Norte (lo cual le causa urticaria a todos los demás). De ahí el poder infinito de estos estados, sus amenazas, sus embargos, y sus tiranías consumistas (desde Glifosato, Plástico, hasta determinar las tarifas de la industria vial, de aviación y mucho más).
Las armas -como la leche- tienen fecha de caducidad. Hay que consumirlas antes de que se pudran. Entonces, hagamos guerra. Donde sea. Con cualquier pretexto. (Miren el mapa ahora mismo y verán los misiles y toda la artillería con las que están destruyendo a pueblos y usurpando la naturaleza). Como si se tratara de un juego con soldaditos de plástico. ¿Será el plástico de esos soldaditos lo que está arruinando el medio ambiente? Qué sainete!!! Me estoy perdiendo ante tanta morbosidad. Creo que el verdadero cambio solo será posible cuando algún gobierno -¿del „primer“ mundo? (vaya denominación!!!) – legalice la paz por decreto. Cuando tengamos todos la valentía ética de cerrar las fábricas de armamentos y declaremos la paz como ley suprema, como instrumento y herramienta para la libertad: de expresión, de movimiento y circulación , de opinión, de ser distinto, de ser uno mismo. Sin armas que vender, sin armas que comprar. Dejemos de producir armas. De todo tipo. Dejemos de hacer de las guerras un negocio genocida y geocida. No va más. Además no seamos pendejos cobardes: volvamos a la tirada de pelos, a los rasguños, a los gritos, los llantos y las histerias, sin armas. Quién sabe, a lo mejor, en la pelea cuerpo a cuerpo terminemos abrazando y hasta enamorándonos del enemigo. Mientras tanto querida Greta, estaremos los ilusos a tu lado, intentando de a poco y desde nuestras posibilidades llegar a ese bosque encantado. Junto a Hansel y a Gretel, Blancanieves, Caperucita y el lobo también. Entonces iremos a jugar al bosque, a juntar frutillas silvestres, hongos alucinantes, tarareando todos „Imagine“ de J. Lennon.

images-1.jpg